miércoles, 18 de septiembre de 2013

Antiguo Paradigma Vs. Nuevo Paradigma (Guía del Buscador)



  • En el Antiguo Paradigma existía la conciencia de que había que “ganarse la vida”, la Vida era dura y había que luchar por ella, por encontrar un hueco donde encajar dentro de la sociedad. En el Nuevo Paradigma la Vida no hay que ganársela, ya que nos pertenece por derecho propio, tan sólo tenemos que coger lo que es nuestro, lo que deseamos o necesitamos, con una sola condición: el respeto por uno mismo, por el resto de la humanidad y por el planeta, junto con todo lo que crece sobre él.
  • En el Antiguo Paradigma se hablaba de lo bueno y de lo malo, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, condicionando de esa manera cada uno de nuestros actos, pensamientos o emociones. En el Nuevo Paradigma no existe lo bueno ni lo malo, lo correcto o incorrecto, tan sólo se tiene en cuenta el equilibrio y el desequilibrio, la armonía y la desarmonía; la Vida busca el equilibrio, así que siempre tenderá a ajustar nuestros excesos y defectos, sean éstos del orden que sea y a pesar nuestra, nos guste o no nos guste. En nuestras manos está el hacer que esta armonización se efectúe de la manera más natural posible, sin luchas ni conflictos, externos o internos.
  • En el Antiguo Paradigma nuestra vida estaba condicionada por multitud de circunstancias ajenas a nosotros: familia, educación, lugar de nacimiento, políticos, profesores, vecinos, etc. con lo que siempre teníamos alguien, o algo, a lo que culpar por nuestras desgracias o penalidades. En el Nuevo Paradigma la responsabilidad (que no la culpa) de todo lo que nos acontece en la vida es enteramente nuestra; lo pasado, pasado está, ya somos mayorcitos como para tomar las riendas de nuestra propia existencia y aceptar nuestra responsabilidad por completo, independientemente de lo que hicieran con nosotros en otros tiempos, ya sea en esta vida o en otras.
  • En el Antiguo Paradigma nos educaban desde la escasez y la desconfianza; había que ahorrar para el día de mañana, no podíamos fiarnos de nada ni de nadie, la Vida estaba en contra nuestra, tan sólo debíamos confiar en aquellos que se autoerigían como protectores nuestros. En el Nuevo Paradigma educamos a nuestros hijos desde la base de la confianza; la Vida fluye a nuestro favor, tan sólo tenemos que aprender a fluir con Ella y nunca nos faltará nada que necesitemos.
  • En el Antiguo Paradigma necesitábamos unirnos en asociaciones, partidos políticos, iglesias, comunidades, etc.; una persona sola, independiente, era débil, vulnerable, no tenía nada que hacer. En el Nuevo Paradigma somos conscientes de nuestro propio poder como individuos y del lazo permanente que nos une con todo y con todos; las relaciones con nuestros semejantes son temporales, en base a necesidades comunes para cada momento y situación, sin perder nunca nuestra propia individualidad, evitando proselitismos, devociones y demás prácticas por las que otorguemos nuestro poder a otras personas o entidades.
  • En el Antiguo Paradigma se consideraban “artistas” a aquellas pocas personas capaces de desarrollar su creatividad abiertamente; eran personas dotadas con dones o habilidades especiales, fuera de lo común. En el Nuevo Paradigma todos somos artistas, todos somos creadores, todos poseemos capacidades especiales que nos permiten crear en el momento en que nos conectamos con nuestra Fuente interna de inspiración.
  • En el Antiguo Paradigma teníamos creencias basadas en dogmas de fe, ideas surgidas de otras mentes que nos habían sido impuestas desde nuestra infancia o, más adelante, a partir de nuestro propio aprendizaje, condicionado por ideas extraídas de personas ajenas a nosotros a los que considerábamos “maestros”, gurús, gente de confianza, etc., que nos convencían de una manera o de otra, con razonamiento o sin él, con discernimiento o sin él. En el Nuevo Paradigma ya no se tienen creencias, sino certezas, basadas en la resonancia vibratoria que dichas ideas puedan tener, o no, con nuestra frecuencia de vibración, con nuestra conciencia en determinado momento. Estas certezas pueden cambiar, y de hecho deben hacerlo, conforme esa frecuencia vaya cambiando, evolucionando.
  • En el Antiguo Paradigma el ser humano aprendía a través de la ley del Karma o, lo que es lo mismo, “a base de palos”; las consecuencias de nuestros actos se alejaban tanto en el tiempo de los mismos, que apenas podíamos relacionar las unas con lo otros, dificultando así en gran medida el aprendizaje. En el Nuevo Paradigma el aprendizaje es mucho más rápido, prácticamente sobre la marcha; el Karma ya apenas tiene sentido, liberándonos por fin de las cadenas opresoras del pasado. Esta es una consecuencia más de nuestra toma de responsabilidad total.
  • En el Antiguo Paradigma se creía en la necesidad de tener una seguridad financiera, un trabajo bien remunerado, un empleo fijo, etc., en lo cual gastábamos la mayor parte de nuestra energía. En el Nuevo Paradigma tenemos la confianza de que el Universo provee, y cada cual tiene la libertad de poder dedicarse a lo que realmente le satisface plenamente, para su bien propio y para el bien de toda la comunidad. Cada ser humano tiene un propósito particular, y es en este propósito donde únicamente puede desarrollar por completo la totalidad de su potencial creativo; con ello, todos ganamos y la energía malgastada es mínima.
  • En el Antiguo Paradigma se tenía la conciencia de que en el Mundo pasan cosas, independientemente de uno mismo, con lo cual cada individuo poco podía hacer por mejorarlo. En el Nuevo Paradigma sabemos que tan sólo suceden cosas en nuestro mundo particular, por tanto cada ser humano se esforzará por crearse un mundo amigable y beneficioso para él, y de esa manera cada mundo particular se verá beneficiado por el de sus semejantes más cercanos.
  • En el Antiguo Paradigma se buscaba la Iluminación, un estado de total claridad y comprensión de todo lo que acontece, que nos situaría en una posición privilegiada ante el resto de semejantes. En el Nuevo Paradigma cada ser humano brilla con Luz propia, no existe la necesidad de ninguna búsqueda ya que poseemos todo lo que necesitamos para desarrollarnos plenamente; nadie es, ni será nunca, mejor que nadie.
  • En el Antiguo Paradigma la mente prevalecía sobre el corazón, obviándose casi por completo el poder de la intuición, la capacidad creativa y el empuje apasionado de las emociones positivas. En el Nuevo Paradigma mente y corazón van de la mano, proporcionando a cada individuo todo el potencial que éste es capaz de desarrollar.

lunes, 25 de marzo de 2013

Cerebro-Corazón




       “Lo hizo de corazón”, “me habló con el corazón en la mano”, “de corazón a corazón”, “te lo digo de corazón”, “escucha a tu corazón”, “el corazón nunca se equivoca”...
       ¿Simples frases hechas? Pues según recientes publicaciones científicas de prestigio, parece ser que no (véase como ejemplo este artículo del periódico La Vanguardia). Según estas publicaciones, el corazón humano posee unas cuarenta mil neuronas, con sus circuitos neuronales incluidos, funcionando a pleno rendimiento independientemente del cerebro-mente, aunque interconectados, como todo en nuestro cuerpo. Podrían parecer pocas neuronas si las comparamos con los millones de ellas que posee el cerebro de la cabeza, pero si tenemos en cuenta que este cerebro-corazón no necesita recordar el pasado, ni imaginar ningún futuro, ni hacer elucubraciones extrañas, ni especular con la información, ni recurrir a creencias de todo tipo, ni nada por el estilo, ni tan siquiera pensar, resulta que son más que suficientes para su propósito.
       Al igual que el cerebro-mente se comunica con el exterior a través de los sentidos (lo que podríamos llamar el cuerpo físico) y trabaja con la información que recibe de éstos, el cerebro-corazón recibe la información que requiere a través de las emociones (cuerpo emocional). Este simple hecho hace que el cerebro-corazón aventaje sustancialmente en fiabilidad y efectividad a su homólogo superior, ya que está demostrado ampliamente que al cerebro-mente tan sólo le llega un cincuenta por ciento aproximadamente de lo que existe fuera de él, en el exterior, y que el resto lo recompone él solito utilizando sus recuerdos, expectativas, creencias, hábitos, pensamientos, etc.; es decir, que para el cerebro-mente, todo es relativo, de ahí la evidencia de que cada cual percibimos una realidad diferente, existiendo tantos mundos como personas vivimos en él.
       Con las emociones no ocurre lo mismo: éstas son las que son, nos gusten o no, y habitan en nosotros de manera inconsciente para el cerebro-mente, invisible para él en la mayoría de las ocasiones, pero inevitables. El cerebro-corazón nos proporciona las respuestas justas y necesarias que necesitamos en cada momento según estemos sintiendo esto o lo otro. ¿Cuál es el problema? Que con el tiempo, a medida que vamos creciendo, vamos perdiendo el saludable hábito de escucharlo, dejando prácticamente la totalidad de nuestras funciones en manos del cerebro-mente, con todas sus limitaciones y prejuicios. Es innegable que el cerebro-mente tiene una utilidad práctica muy necesaria e insustituible; sin él nunca podríamos haber llegado al nivel evolutivo en el que nos encontramos. Pero eso no quita para que aprendamos a darle su lugar como herramienta útil en determinados casos, en vez de dejarlo, como solemos hacer, como motor de todas nuestras actividades, decisiones y propósitos en la vida. El cerebro-mente es el responsable de que actuemos en contra de nuestros auténticos sentimientos, el que nos dice “qué dirán”,  qué pensarán”, “a ver si se molestan”, “es lo que hay”, “no podré”, “esto no me pega”, “ya lo haré más adelante”, “seguro que no funcionará”, “nadie lo entenderá”, “voy a hacer el ridículo” y un largo etcétera de excusas y más excusas con las que nos auto-convencemos y auto-obligamos a hacer o no hacer justamente lo contrario de lo que realmente nos apetece en cada momento y en cada situación. En resumen, el cerebro-mente suele impedirnos ser quienes realmente Somos.
       Por el contrario, el cerebro-corazón siempre nos impulsará a hacer lo debido, lo correcto para nuestro auténtico Ser, guste o no guste, pegue o no pegue, moleste a quien moleste, aunque no siempre sea lo esperado, ni deseado, ni tan siquiera por uno mismo, pero sí lo que en ese momento concreto necesitamos para encontrarnos en paz, en armonía, con nuestra propia naturaleza, ya sea pegar un grito de alegría, llorar amargamente, abandonar un lugar, dejar a determinadas personas, decir no, llamar a alguien, cambiar de trabajo, de actividad, de país, o lo que sea que sintamos en ese momento concreto. Si hemos olvidado cómo hacerlo, cualquier niño puede refrescarnos la memoria; ellos, al igual que nosotros cuando lo fuimos, saben mejor que nadie actuar según les dicte el corazón: lloran cuando tienen que llorar y ríen cuando tienen que reír, pueden cambiar de actitud en cuestión de segundos, sin recordar para nada lo que estaban haciendo unos minutos atrás. Sus mentes están libres de prejuicios, expectativas, planes de futuro, ni nada por el estilo que los bloquee ni les impida expresarse con entera libertad según sientan en cada momento.
       Evidentemente ya no somos niños, supuestamente tenemos más madurez, más sabiduría, más experiencias acumuladas, y todo este bagaje debería poder facilitarnos mejores respuestas ante cualquier situación. En cambio, continuamos sufriendo, enfermando, sin estar en paz, buscando soluciones dios sabe dónde... Pero seguro que todos conocemos a personas que parecen encontrarse en todo momento en un estado de relajación, pase lo que pase, que están en paz consigo mismos y con el resto del mundo. Y seguro que todos nos hemos dado cuenta de que suelen ser personas muy sensibles, personas que suelen obedecer siempre a sus intuiciones... es decir, que “escuchan a su corazón”. En el artículo citado arriba se exponen con claridad las distintas maneras con las que el cerebro-corazón se comunica, no sólo con el resto del cuerpo, sino también con todo lo que le rodea. Como viene ocurriendo con otros muchos campos, al fin parece que la ciencia empieza a acercarnos a todo ese conocimiento ancestral que tantísimos seres humanos a lo largo de la historia, y en el presente, han intentado demostrar de manera más intuitiva que empírica, no por ello menos valorable, por lo que se ve.
       La conexión entre nuestro corazón y nuestra mente es posible y necesaria, ambos deben funcionar de manera conjunta y sin interferencias; a mi parecer, este aprendizaje, o re-aprendizaje, es de vital importancia para todo aquel que desee de verdad mejorar sustancialmente su calidad de vida y llegar a ser quien realmente Es.
       Os lo digo de corazón.

jueves, 17 de enero de 2013

¿Deberías?



“Deberías comer más”, “deberías hacer tal curso”, “no deberías coger tanto peso”, “deberías ir allí”, “no deberías estar aquí”, “no deberías hacer eso”, “deberías escribir más”, “no deberías perder el tiempo”, “deberías dormir menos”, “deberías trabajar”, “deberías ser más simpático con ...”, “no deberías criticar tanto”, “deberías venir más a mi casa”, “deberías llamarme más a menudo”, “deberías estudiar”, “deberías salir a la calle con más frecuencia”, “deberías divertirte”, “deberías ir al médico”, “no deberías beber eso”, “no deberías comprar aquello”, “deberías leer tal libro”, “deberías...”, “deberías...”, “deberías...”

¡BASTA YAAAAAA!

No entiendo porqué extraña razón casi todos y todas creemos lo que mejor le conviene a los demás, mientras que no tenemos ni idea de lo que nos conviene a cada uno y a cada una (a la vista está). Agradezco sinceramente la buena intención que ponen todas las personas que me aprecian y se preocupan por mí, a la hora de procurar mi bienestar, entiendo sus motivaciones y preocupaciones, acepto sus limitaciones, miedos y dudas con respecto a sí mismas... pero con todos mis respetos y cariño les digo: BASTA YA.
Para mí ya se acabaron todos los “deberías” y “no deberías”, excepto aquel que dice que debería hacer lo que yo crea conveniente en cada momento y en cada situación, pese a quien le pese; su problema será. En vista al mar de ignorancia en el que todos y todas andamos sumergidos, ¿por qué dejar el mando de mi vida a terceras personas, por muy buena voluntad que pongan en sus consejos? Puestos a equivocarnos, prefiero equivocarme yo mismo en lo que a mí respecta antes de que lo hagan otras personas por mí. Así que reivindico públicamente mi libertad y mi derecho a errar por mí mismo, para aprender mis propias lecciones, en vez de verme condenado de por vida a repetir una y otra vez los mismo errores.
Y tú... deberías hacerme caso. Tendemos a ver siempre los supuestos problemas de las personas que nos rodean desde nuestra particular perspectiva, con nuestras propias referencias, creencias, costumbres, experiencias de vida, etc., que nada, o poco, tienen que ver con las de ellas. De ahí que, por regla general, los "deberías" y "no deberías" que aconsejamos a los demás son los que necesitamos para nosotros mismos. Así que ¿porqué no dejar de una vez por todas de andar juzgando a los demás, de andar opinando sobre lo que creemos que deberían o no deberían hacer? ¿Por qué no mejor aceptarlos tal cual son, y ayudar únicamente con nuestra presencia cercana y respetuosa y con nuestro apoyo incondicional? Seguro que todos y todas lo agradecerán... yo, al menos, así lo haré.
Gracias... de corazón.



viernes, 30 de julio de 2010

Libertad


Una de mis últimas entradas, la titulada “El Esclavo” y, sobretodo, los comentarios que suscitó, me hicieron pensar mucho acerca de lo que llamamos “libertad” y el concepto que cada uno tenemos sobre ella. Intentar definir esta palabra es tarea ardua difícil, ya que es un término muy personal e íntimo. Cada cual tiene el umbral de su libertad a diferente altura.

Es evidente que todos tenemos que ganarnos la vida de alguna manera, mantener una familia, alimentarnos, cobijarnos bajo un techo... en definitiva, vivir. Todo esto es costoso, ya se haga en medio de la naturaleza recolectando fruta, cazando animales salvajes y fabricándonos una choza o acudiendo a diario a una oficina durante ocho horas a cambio de un sueldo. Ambos métodos pueden ser perfectamente válidos y tan dignos y respetables tanto el uno como el otro. Por consiguiente, no creo que hablar de libertad sea hablar de la forma en la que cada cual se gana la vida.

Y entonces, ¿en qué consiste la libertad?, ¿qué persona se puede considerar más libre? Quizás la libertad radique en la capacidad de elección de cada uno de ellos. Josep Lluís mencionaba la siguiente cita de Forges:

“Soy libre...

... puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red telefónica que me time; el informador que me desinforme; y la opción política que me desilusione.”

Suena bastante deprimente, pero a mi entender, Forges, con su habitual ironía, no iba mal encaminado. Tenemos capacidad de elección, por tanto, somos libres. Si en vez de vivir en una sociedad civilizada y democrática, viviésemos en medio del campo a expensas de los elementos, no tendríamos bancos que nos exprimiesen ni televisiones que nos embruteciesen, pero nuestra supervivencia y felicidad seguiría dependiendo de otros factores también ajenos a nuestra voluntad, como pueden serlo las condiciones medioambientales, la variedad vegetal y animal del hábitat, nuestras habilidades naturales, nuestra salud, etc. Es decir, todo es muy relativo.

Pero si es así, ¿por qué nos sentimos tan maniatados y esclavizados de todo lo que nos rodea? A mi parecer, puede que esto se deba a que no utilicemos esta capacidad de elección que tenemos debidamente, o sea, que la mayoría de la gente es incapaz de elegir lo que en verdad le conviene de entre toda la oferta que se le ofrece. Por ejemplo, es cierto que la televisión puede embrutecer, pero también es verdad que existen algunos programas de calidad que nos enseñan algo positivo; o, a unas malas, nadie nos obliga a tenerla encendida. También con los bancos tenemos una amplia gama donde escoger, y a los que poder exigir; siempre habrá algunos menos malos. Y lo mismo se podría decir de todo. Sólo es cuestión de conocer todas las ofertas que tenemos a nuestro alcance y elegir la que mejor se adecue a nuestras necesidades. Evidentemente siempre habrá unos límites insuperables, pero como ya hemos dicho, esos límites existirán en cualquier situación en la que nos encontremos. Son los límites que establecen las circunstancias.

Por lo expuesto, pienso que seremos más libres cuanto más opciones tengamos a nuestra disposición donde elegir. Pero no sólo eso, también es esencial el conocerlas todas a fondo y el poder decantarnos libremente por la que queramos, cosa que habitualmente no ocurre. Lo normal es que nos fiemos ciegamente de lo que nos vendan otros, atendiendo a sus necesidades particulares que nada tendrán que ver con las nuestras. O que nos dejemos llevar confiadamente por las corrientes impuestas también por otros, sin pensar siquiera en otras posibilidades que también existen y que podrían ser mejores y estar a nuestro alcance si nos preocupásemos por conocerlas. Sin este conocimiento, nuestra libertad se verá sensiblemente mermada, además de manipulada. Y estos otros a los que hago referencia no tienen porqué ser siempre extraños, pueden ser perfectamente personas de nuestro entorno, como padres, hermanos, vecinos, pareja sentimental, hijos, etc.

Resumiendo, se podría decir que será más libre la persona que disponga de más opciones donde elegir, mejor conocimiento tenga sobre cada una de ellas y, por supuesto, menor coacción sufra a la hora de optar por la que desee. Y esto es algo que se podría aplicar a todos los ámbitos de la vida: trabajo, amigos, lugar donde vivir, creencias religiosas, aficiones, ocio, etc.

Pero hasta ahora no se ha dicho nada sobre la libertad de pensamiento tan comentada en la entrada anterior mencionada. ¿Cómo podría influir un pensamiento libre en todo lo expuesto anteriormente? Recordarán que también yo mencionaba la posibilidad de ser más libres encerrados en una prisión que viviendo en libertad y rodeados de toda clase de lujos y placeres; ¿cómo puede ser esto posible?

Intentaré explicarme, aunque no es fácil. La sensación de libertad está íntimamente asociada con las necesidades de cada uno, de ahí que sea algo tan personal. Pondré un ejemplo sencillo: si yo necesito un automóvil, me sentiré más libre conforme más modelos tenga donde elegir, mejor los conozca y mayor sea mi capacidad para poder comprarme el que desee. Pero quizás me sienta aún más libre si resulta que me doy cuenta de que en verdad no necesito ningún automóvil; entonces no tendré la necesidad de buscar distintas ofertas, informarme sobre cada una de ellas, ni de dinero para comprar el que quiera. Lo mismo se podría deducir sobre cualquier otra necesidad que tengamos, o creamos tener. Es decir, a menor número de necesidades y deseos, mayor libertad.

Es esta última idea la más difícil de llevar a la práctica, debido a la sociedad tan consumista y meritocrática donde vivimos, y donde nos obligan desde nuestra niñez a desear más y más cosas de todo tipo, y aumentando desaforadamente esta pasión consumidora conforme vamos creciendo y vamos acomodándonos sin percatarnos de ello a esa idea equivocada y tan extendida del “tanto tienes, tanto vales”, y que sólo termina conduciéndonos de cabeza al pozo sin fondo de la esclavitud y la desdicha. Esta idea, no sólo es aplicable a las necesidades materiales, sino también a aquellas otras necesidades sociales y anímicas que todos tenemos, el deseo de ser amados, queridos por otros, la necesidad de sentirnos integrados, tener éxito o ser respetados por los demás.

Pero aún se me ocurre otra de las grandes lacras que no hacen más que mermar nuestra limitada libertad: el miedo injustificado. Miedo a perder el trabajo, la pareja, a no conseguir nuestros objetivos estipulados, a no ser aceptados por la sociedad, a parecer extraño, a sentirnos vigilados, a padecer alguna enfermedad grave, al futuro incierto, a la soledad, al olvido, a la muerte.... y un largo etcétera. Cada uno de estos miedos lo único que consiguen es paralizar nuestras mentes y sumergirnos es un estado de continua alerta y estrés mortificante. En pocas palabra, nos impiden actuar con libertad. De nada nos sirve el disponer de todo y tener todas las posibilidades de obtener lo que queramos si continuamente estamos asustados por el qué dirán o el qué pasará. Simplemente, el miedo evitará que utilicemos nuestra libertad debidamente, siendo él el que gobierne directamente nuestros actos y, por tanto, nuestras vidas.

La única forma que se me ocurre de evitar este sentimiento pernicioso y de poder llevar a la práctica el desapego mencionado anteriormente, es con una educación adecuada, donde se nos enseñe de verdad a pensar por nosotros mismos, apartados de modas y corrientes actuales, que evite que entremos, o si ya lo hemos hecho, que nos permita salir de esa fosa oscura a la que nos lleva sin remedio la insensatez y la ignorancia, y que sólo puede tener un final: el sufrimiento.




viernes, 23 de julio de 2010

Esclavos

 Tiempo atrás, el esclavo era azotado, humillado y tratado como la peor de las escorias existentes. Transcurrían sus días junto a los perros, su vida valía menos que nada, su única ilusión consistía en sufrir lo menos posible; su mayor anhelo, una muerte apacible. No poseía bienes, el tiempo no le pertenecía, el respeto le era desconocido y el mejor de los dones que podía recibir era un trato apacible. Su condición le era impuesta a la fuerza, por herencia o por la mala suerte de pertenecer al bando perdedor; en nada contribuían sus dotes para las letras, la ciencia, las armas, la política o cualquier otro tipo de saber. La única habilidad que se le exigía era la perfecta sumisión y la disposición inalterable para el duro trabajo. Tal era la vida del esclavo, y nadie se cuestionaba su existencia y utilidad. Eran indiscutiblemente necesarios para el buen desarrollo de cualquier nación, ¿quién si no iba a trabajar en el campo, recoger las cosechas, servir a los señores, arriesgar sus vidas en interminables construcciones descomunales, extraer los minerales necesarios...?

Por entonces no existía duda alguna sobre la posición de cada cual. Mientras el esclavo se arrastraba suplicando por un mendrugo de pan, el señor le pateaba sin contemplaciones y, si tenía a bien, le arrojaba algunas migajas. La vida del esclavo no solía ser demasiado larga, lo cual acortaba su agonía, proporcionándole la muerte prematura el merecido descanso. Era lo que había... y estaba bien.

En la actualidad, el esclavo se levanta temprano, cuando el estridente sonido del despertador le anuncia el comienzo de su jornada. Desde ese preciso momento en el que abandona la realidad de sus remotos e intransferibles sueños, su mente deja de ser libre y pasa a ser propiedad indiscutible del Señor que la haya entrenado para su uso personal. Ya no es azotado ni golpeado brutalmente, ahora se le domestica desde el mismo día de su nacimiento para que su sumisión sea total, pacífica y consentida, como siempre se ha hecho con cualquier animal doméstico: trabajo a cambio de comida, techo y pequeños placeres engañosos.

Pero el hombre ha llegado a ser más inteligente que el animal, así que los medios para lograr este sometimiento incondicionado han tenido que avanzar también en la misma proporción, siendo ahora más sutiles e imperceptibles de lo que nunca han sido; ya no basta el mendrugo de pan. El infernal despertador tan sólo es uno de los muchos aparatos inventados por los poderosos para tener al esclavo en su mano cuando lo desee. Existen otros muchos más sofisticados y eficaces, como la televisión, la radio, los periódicos, las escuelas o las actividades de ocio, con su tremendo poder de sugestión y absorción.

Pero el mayor y más inteligente de todos estos inventos es sin duda alguna el dinero. Pagarle un sueldo al esclavo para luego exigírselo con intereses para que éste pueda ejercer cualquiera de sus “derechos” con “libertad”, es de una genialidad sin precedentes en el mundo. Cierto que también es la única forma que tiene el esclavo de dejar de serlo para convertirse en Señor, o para subir algún peldaño en la jerarquía, ya que también hay esclavos de primera, de segunda y de tercera, pero precisamente ahí radica su originalidad tan excepcional. Porque aun cambiando de condición, siempre continuará siendo esclavo del mismo dinero que lo ha encumbrado; sencillamente perfecto.

El dinero, junto con el adoctrinamiento previo del esclavo para inculcarle el deseo inamovible de convertirse en Señor, son las mejores armas con las que cuentan los señores de la actualidad para seguir disponiendo hasta el infinito de un ejercito de esclavos sumisos, obedientes y disponibles a toda hora, para cualquier fin que ellos tengan a bien, siempre con las miras de aumentar más y más su poder y grandeza.

Y para ello, estos señores conocen a la perfección los entresijos mentales que gobiernan los actos del esclavo: su insaciable sed de poder, el deseo irrefrenable de placer ilimitado, la ira y la envidia que le mueven a cometer las acciones más viles e indignas por igualarse al vecino o por someter a todo el que es diferente. Todo ello es explotado hasta la saciedad con el único objetivo de mantener a las hordas de esclavos subyugadas y resignadas a su condición de esclavitud. Incluso el alargamiento de la vida y su mejor calidad es aprovechado convenientemente para que el esclavo sea más productivo y eficiente, lo cual da que pensar y sospechar.

Porque, ciertamente, el esclavo ha mejorado mucho su calidad de vida a lo largo del tiempo... pero aún queda mucho trabajo por delante hasta acabar del todo con la perniciosa esclavitud... si es que ello es posible. Porque se me ocurre que quizás sea condición indispensable para la existencia humana la presencia de amos y servidores, ya que siempre habrá mucho trabajo por hacer y pocos que quieran hacerlo.

Por todo lo expuesto, lo único que se me ocurre para abandonar de una vez por todas esta miserable condición de esclavitud, es aprender a vivir de forma sencilla, con las menores necesidades posibles, siendo autosuficientes y alejándonos del voraz consumismo que nos sumerge hasta el cuello en el infierno de la podredumbre desde el que se sustenta el puesto de poder del amo. La lucha por la libertad es la única batalla que se me antoja justa y necesaria, y creo que tampoco es tan difícil ganarla, ya que se puede ser más libre estando encerrado en la más sombría prisión del lugar más alejado y olvidado de la Tierra, que viviendo en una suntuosa mansión rodeado de todos los lujos y placeres creados por el hombre. Porque, mientras te dejen pensar libremente, podrás ser libre. Sólo así se podrá derribar la tortuosa barrera de la educación impuesta y del modo de vida establecido por otros, para poder dar rienda suelta al divino libre albedrío, con el que aún no han podido. No sabemos el tiempo que tardarán en hallar el modo de hacerlo.

La Libertad es la única forma de vida digna, por ello, SÉ LIBRE, aunque tengas que comportarte como un esclavo ante los demás (¡qué sabrán ellos!).


viernes, 16 de julio de 2010

Dios no existe, lo dice un Creyente

 Hace algunos años llegó a mis manos un libro, para mí, bastante revelador; su título es: Mitos Sumerios y Acadios, de una edición preparada por Federico Lara Peinado. En él aparecen las traducciones de algunas de la miles de tablillas en escritura cuneiforme halladas a finales del siglo XVIII en el territorio que antiguamente se dio a conocer con el nombre de Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates del Medio Oriente. Corresponden a la civilización sumeria y acadia, que habitaron esta zona del planeta hasta hace unos tres o cuatro mil años aproximadamente. Estas tablillas se encuentran entre los escritos más antiguos conocidos, ya que los sumerios fueron los precursores de la escritura moderna y, por tanto, la primera civilización de la historia conocida o, por decirlo de otro modo, los inventores de la historia. Todo lo anterior a ellos, pertenece a la prehistoria. Ellos fueron los primeros en dejar por escrito documentos relacionados con su vida, sus leyes, política, costumbres y, como no, con sus creencias religiosas, que es de suponer fueron heredadas de sus antecesores desde tiempos inmemoriales.

En concreto, el libro nos muestra la traducción de algunas tablillas que nos hablan de las creencias religiosas de este pueblo, o sea, su mitología. Entre muchos otros, se nos muestran relatos sobre:

- La creación del cielo y la tierra y de todo lo que en ellos se contiene, incluido el hombre, a partir del barro y la mujer a partir de una costilla del hombre.

- La creación por parte del dios Enki de un lugar donde el hombre podía vivir sin miedo a los animales, un lugar sin terror. Pero Enki descubrió un comportamiento inadecuado en los humanos y los expulsó.

- Las luchas fraternales entre el pastor Dumuzi, dios del ganado, y el labrador Enkimdu, dios de la agricultura, los cuales se enfrentan por el amor de la diosa Inanna. O los dioses Emesh y Enten, que inicialmente fueron encargados por Enlil , uno de las cosechas y la agricultura y otro de los animales y el ganado, pero que tuvieron una gran disputa. Un problema parecido hubo entre Ashnan (diosa del grano) y Lahar (diosa del ganado); después de una borrachera se pelearon y Enlil y Enki tuvieron que mediar entre ambos.

- Ziusudra (Utnapishtim para babilonios o Atrahasis para acadios), que fue avisado por el dios Utu de un gran diluvio que los dioses mayores provocarían durante 7 días y 7 noches para acabar con el hombre, hartos como estaban del comportamiento ruidoso de éstos. Entonces, Ziusudra creó un gran barco donde guardó ejemplares de semillas y animales que volvió a liberar una vez hubieron bajado las aguas, no sin antes cerciorarse soltando primero una paloma y un cuervo (según versión acadia).



Para mí, el hallazgo de estos valiosísimos documentos suponen la prueba irrefutable de que la Biblia, y más concretamente los libros del Génesis, son pura mitología. Teniendo en cuenta que estos primeros libros de nuestras Sagradas Escrituras son el pilar fundamental sobre el que se sostienen las tres principales religiones monoteístas del planeta y la enorme influencia que éstas siguen teniendo en los devenires de la historia, me parece de crucial importancia que este antiguo descubrimiento sea más divulgado públicamente de lo que ha sido. De hecho, yo di con ellos por pura casualidad.

¿Por qué en los colegios y universidades nos enseñan con todo lujo de detalles toda la mitología grecorromana y no la sumeria o la semita anterior a la Biblia que es más antigua y, por tanto, debiera ser más interesante? Mi respuesta es por la relación tan directa que existe entre ellas y nuestras creencias religiosas, como demuestran los relatos anteriores, que, como digo, tan sólo son una muestra.

De hecho, según dice la Biblia, Abraham procede de la ciudad de Ur, una de las más importantes ciudades sumerias, con lo cual es de suponer que cuando huyó de ella a finales del II milenio a. C., llevase consigo todos estos conocimientos y creencias de su pueblo, que no serán más que una continuidad de la mitología perteneciente a las civilizaciones anteriores.

Y si continuamos en el tiempo hacia delante, podemos darnos cuenta como nuestras religiones siguen esa continuidad lógica. En el cristianismo, sobretodo, se dan muchas similitudes con aquellas otras politeístas de la antigüedad. También ellos tenían un dios y una diosa para cada ciudad, con sus templos y cultos específicos, igual que aquí, donde cada pueblo o ciudad posee su patrón y su patrona particular, con sus imágenes, iglesias, festejos, etc. propios de cada uno.

Me da por pensar que si, dentro de diez o quince mil años aún existen humanos conocedores de su historia, a nosotros nos relacionarán directamente con los sumerios de hace más de cinco mil años, al igual que nosotros relacionamos a éstos con los acadios o relacionamos a los griegos con los romanos de la era precristiana. Curioso, ¿verdad? Es para ponerse a pensar.

Por cierto, no es mi deseo quitar las ganas a nadie de leer la Biblia, yo lo hice y no me arrepiento, es más, se lo aconsejo a todo el mundo; es una lectura muy educativa y aleccionadora, sabiendo siempre a qué atenerse. Si leemos y nos gustan los clásicos griegos y latinos y aprendemos con sus mitos y leyendas, por qué no podríamos aprender también de nuestra mitología, que también es nuestra historia y raíces. Además, que el Génesis de la Biblia sea una farsa, no quiere decir que no pueda existir un Dios, o unos dioses, todopoderosos y creadores. Me temo que eso es algo que nunca podremos saber con certeza, lo que abre un amplio abanico de posibilidades. Algo muy interesante también.


viernes, 9 de julio de 2010

Dios existe, lo dice un No creyente


Recordando mi tiempo pasado, me doy cuenta de los muchos cambios que en mí se han producido con el correr de los años. Uno de ellos tiene que ver con mis creencias religiosas, y es de lo que quiero hablar en estos momentos, ya que una acuciante reflexión se ha instalado hace algún tiempo en mi castigado cerebro, obligándome una y otra vez a pensar sobre ello. Este escrito pretende ser mi liberación de dicha tortura, aunque me temo que dicha liberación sólo será temporal, como suele ocurrir con todo lo que compete a los arcanos misterios de la mente. Aún así, la apremiante necesidad de desahogo me insta a hacerlo, convirtiéndote a ti, inocente lector, en víctima involuntaria de una de mis incesantes ideas imposibles.

Y sin más dilación vamos a ello.

De pequeño fui criado, no de forma muy estricta, en la observancia de la fe católica, apostólica y romana, debo decir que más por tradición y cultura que por propia fe. Así que hasta bien pasada mi adolescencia y metido de lleno en mi juventud creía sin sombra de duda en la existencia de un Dios todopoderoso, omnipresente y creador; creía también que se hizo carne en la persona de su hijo Jesucristo, bajando a la Tierra con el fin de salvar a todos los hombres de sus pecados; creía en la Virgen María, en los ángeles, en los santos, en el perdón de los pecados, en la vida eterna, etc. Era lo que me habían inculcado desde mi nacimiento, no conocía otro modo de vida y, por tanto, nunca me surgían dudas al respecto ni se me pasaba por la mente que todo aquello podía ser falso o no del todo cierto. Creía ciegamente, lo cual no quiere decir que sea malo; a esas edades no hay otra forma de creer que no sea la infundida por las personas que nos rodean y nos inspiran con su ejemplo.

Con más de veinte años, no sabría decir exactamente cuándo, cómo ni por qué, me volví ateo hasta la médula; supongo que sería un proceso paulatino, un cúmulo de circunstancias, la que me llevaron a tal situación de incredulidad (aunque más que incredulidad yo lo llamaría un cambio de creencias, ya que no creer en ningún Dios también supone un acto de fe importante). También supongo que sería un cambio lógico, fruto de nuevos entornos sociales y transformaciones hormonales tendentes a la rebeldía propias de la edad.

Así permanecí durante largos años, hasta que más adelante, en otro momento de mi vida de mayor madurez y solidez emocional, llegué al convencimiento de la pérdida de tiempo que suponía el plantearse estas cuestiones metafísicas de imposible resolución, así que concluí en dejar de cuestionarme tales cosas, es decir, entré en una etapa de pasotismo religioso. Pensé (y sigo pensando) que las creencias religiosas eran algo íntimo y personal, y que cada cual podía creer en lo que le diese la gana siempre y cuando respetase a sus semejantes y no hiciese daño a nadie.

Esta idea fue evolucionando con el transcurrir del tiempo, incubando una nueva transformación que surgiría desde lo más profundo de mi ser, cambiando mi modo de pensar y de ver las cosas hasta el momento actual (a ver lo que dura). Empezaré a explicarme con un ejemplo que creo que puede ser bastante esclarecedor, y además fue el germen sobre el cual afloró este pensamiento (nada nuevo, por otro lado): no sé si conocerán la forma que tienen en la India de domesticar a los elefantes (yo lo vi en un documental, no vayan a pensar que he domesticado a ninguno). De pequeño, le atan una pata a una estaca con una cadena, de manera que si el elefante tira de ella, ésta le aprieta y le hace daño. La cría de elefante aprende, y en poco tiempo deja de tirar para zafarse. Pasado un tiempo, su dueño e instructor le puede retirar la cadena tranquilamente sabiendo que el paquidermo no intentará huir jamás. La cadena ya no está, no existe, nadie la ve... Nadie excepto el elefante, para él sigue estando, y permanecerá allí toda su vida. Aunque la cadena sólo esté en su mente, para él será tan real como cuando estaba físicamente apresando su pata y privándole de la libertad. El elefante no sólo cree en la cadena, sino que además actúa en consecuencia resistiéndose a escapar de su dueño.

Pues pienso que lo mismo ocurre con Dios, o con cualquier otro tipo de creencia. Mientras exista alguien que crea en Él y actúe en consecuencia, será como si Dios existiese. Poco importa que no sea una realidad física, palpable e incuestionable, lo realmente importante es que es una idea que posee vida propia a través de la gente que en ella cree; sus consecuencias son reales: hay gente que muere, otras que se salvan, a otras muchas les da sentido a sus vidas, o les ayuda a afrontar la inevitable muerte, etc. Todo esto es real, y es la idea de Dios en la mente de la gente la que produce estos efectos y tantos otros en el mundo en que vivimos. Por poner otro ejemplo más cercano, sé de gente mayor, creyentes, allegados a mí, a los que su creencia en Dios les proporciona tranquilidad y bienestar, les da una explicación, necesaria para ellos, sobre el misterio de la cada vez más cercana muerte, y esto es algo que les infunde confianza y ánimo en sus quehaceres diarios. No seré yo quien intente persuadirlos de sus ideas, máxime cuando ni siquiera estoy seguro (ni podré estarlo nunca, me temo) de cual sería la verdad sobre la que tendría que convencerlos. La lástima es que también se dan muchas consecuencias negativas, y es contra ellas contra las que habría que luchar sin tregua, ya que la mayoría de las veces, estas consecuencias no tienen nada que ver con las creencias en sí, sino que vienen más bien impuestas por intereses particulares ajenos a ningún tipo de religión.

Yo ahora me alegro de que me hayan educado como lo hicieron, a pesar de haber renegado tanto de ello. Reconozco que tuvo sus inconvenientes, como el sentimiento de culpabilidad tan atormentante cada vez que me masturbaba, por mencionar alguno, pero no hay nada perfecto en esta vida (quizá en la otra sí). Incluso estoy llegando a pensar, de acuerdo con mi mujer, que a mi futuro hijo empezaré a educarlo también de la misma forma (aunque algo más abierta), observando los preceptos, rituales y, sobretodo, la moral cristiana, tal y como hicieron conmigo. Con el tiempo, y a medida que vaya adquiriendo madurez, supongo que podré ir revelándole lo que realmente opino, y que él decida. Creo que es un enorme error dejar que un crío se eduque sin ningún tipo de fe religiosa, porque entonces él tomará las suyas propias, que seguramente irán más encaminadas a la diversión y el juego que a otra cosa, como es lógico, teniendo en cuenta la falta de desarrollo emocional y mental de un niño. Puede que sea un poco pronto para hablar de estas cosas, ya que desconozco las nuevas transformaciones que el tiempo producirá en mí, pero de momento es esto lo que opino.

En fin, pues esto es todo lo que tenía que decir (de momento); ya me quedo más tranquilo (espero). En definitiva es lo que vengo diciendo desde hace tiempo: lo importante de las creencias no es si son ciertas o no, sino el daño o beneficio que hacen o pueden llegar a hacer.

Y concluyendo, que cada cual crea en lo que quiera y deje creer a los demás también en lo que les venga en gana, siempre con la barrera del respeto mutuo y la mirada puesta en el bienestar general, que a fin de cuenta también es el propio.

(Escrito hace más de dos años.)