viernes, 9 de julio de 2010

Dios existe, lo dice un No creyente


Recordando mi tiempo pasado, me doy cuenta de los muchos cambios que en mí se han producido con el correr de los años. Uno de ellos tiene que ver con mis creencias religiosas, y es de lo que quiero hablar en estos momentos, ya que una acuciante reflexión se ha instalado hace algún tiempo en mi castigado cerebro, obligándome una y otra vez a pensar sobre ello. Este escrito pretende ser mi liberación de dicha tortura, aunque me temo que dicha liberación sólo será temporal, como suele ocurrir con todo lo que compete a los arcanos misterios de la mente. Aún así, la apremiante necesidad de desahogo me insta a hacerlo, convirtiéndote a ti, inocente lector, en víctima involuntaria de una de mis incesantes ideas imposibles.

Y sin más dilación vamos a ello.

De pequeño fui criado, no de forma muy estricta, en la observancia de la fe católica, apostólica y romana, debo decir que más por tradición y cultura que por propia fe. Así que hasta bien pasada mi adolescencia y metido de lleno en mi juventud creía sin sombra de duda en la existencia de un Dios todopoderoso, omnipresente y creador; creía también que se hizo carne en la persona de su hijo Jesucristo, bajando a la Tierra con el fin de salvar a todos los hombres de sus pecados; creía en la Virgen María, en los ángeles, en los santos, en el perdón de los pecados, en la vida eterna, etc. Era lo que me habían inculcado desde mi nacimiento, no conocía otro modo de vida y, por tanto, nunca me surgían dudas al respecto ni se me pasaba por la mente que todo aquello podía ser falso o no del todo cierto. Creía ciegamente, lo cual no quiere decir que sea malo; a esas edades no hay otra forma de creer que no sea la infundida por las personas que nos rodean y nos inspiran con su ejemplo.

Con más de veinte años, no sabría decir exactamente cuándo, cómo ni por qué, me volví ateo hasta la médula; supongo que sería un proceso paulatino, un cúmulo de circunstancias, la que me llevaron a tal situación de incredulidad (aunque más que incredulidad yo lo llamaría un cambio de creencias, ya que no creer en ningún Dios también supone un acto de fe importante). También supongo que sería un cambio lógico, fruto de nuevos entornos sociales y transformaciones hormonales tendentes a la rebeldía propias de la edad.

Así permanecí durante largos años, hasta que más adelante, en otro momento de mi vida de mayor madurez y solidez emocional, llegué al convencimiento de la pérdida de tiempo que suponía el plantearse estas cuestiones metafísicas de imposible resolución, así que concluí en dejar de cuestionarme tales cosas, es decir, entré en una etapa de pasotismo religioso. Pensé (y sigo pensando) que las creencias religiosas eran algo íntimo y personal, y que cada cual podía creer en lo que le diese la gana siempre y cuando respetase a sus semejantes y no hiciese daño a nadie.

Esta idea fue evolucionando con el transcurrir del tiempo, incubando una nueva transformación que surgiría desde lo más profundo de mi ser, cambiando mi modo de pensar y de ver las cosas hasta el momento actual (a ver lo que dura). Empezaré a explicarme con un ejemplo que creo que puede ser bastante esclarecedor, y además fue el germen sobre el cual afloró este pensamiento (nada nuevo, por otro lado): no sé si conocerán la forma que tienen en la India de domesticar a los elefantes (yo lo vi en un documental, no vayan a pensar que he domesticado a ninguno). De pequeño, le atan una pata a una estaca con una cadena, de manera que si el elefante tira de ella, ésta le aprieta y le hace daño. La cría de elefante aprende, y en poco tiempo deja de tirar para zafarse. Pasado un tiempo, su dueño e instructor le puede retirar la cadena tranquilamente sabiendo que el paquidermo no intentará huir jamás. La cadena ya no está, no existe, nadie la ve... Nadie excepto el elefante, para él sigue estando, y permanecerá allí toda su vida. Aunque la cadena sólo esté en su mente, para él será tan real como cuando estaba físicamente apresando su pata y privándole de la libertad. El elefante no sólo cree en la cadena, sino que además actúa en consecuencia resistiéndose a escapar de su dueño.

Pues pienso que lo mismo ocurre con Dios, o con cualquier otro tipo de creencia. Mientras exista alguien que crea en Él y actúe en consecuencia, será como si Dios existiese. Poco importa que no sea una realidad física, palpable e incuestionable, lo realmente importante es que es una idea que posee vida propia a través de la gente que en ella cree; sus consecuencias son reales: hay gente que muere, otras que se salvan, a otras muchas les da sentido a sus vidas, o les ayuda a afrontar la inevitable muerte, etc. Todo esto es real, y es la idea de Dios en la mente de la gente la que produce estos efectos y tantos otros en el mundo en que vivimos. Por poner otro ejemplo más cercano, sé de gente mayor, creyentes, allegados a mí, a los que su creencia en Dios les proporciona tranquilidad y bienestar, les da una explicación, necesaria para ellos, sobre el misterio de la cada vez más cercana muerte, y esto es algo que les infunde confianza y ánimo en sus quehaceres diarios. No seré yo quien intente persuadirlos de sus ideas, máxime cuando ni siquiera estoy seguro (ni podré estarlo nunca, me temo) de cual sería la verdad sobre la que tendría que convencerlos. La lástima es que también se dan muchas consecuencias negativas, y es contra ellas contra las que habría que luchar sin tregua, ya que la mayoría de las veces, estas consecuencias no tienen nada que ver con las creencias en sí, sino que vienen más bien impuestas por intereses particulares ajenos a ningún tipo de religión.

Yo ahora me alegro de que me hayan educado como lo hicieron, a pesar de haber renegado tanto de ello. Reconozco que tuvo sus inconvenientes, como el sentimiento de culpabilidad tan atormentante cada vez que me masturbaba, por mencionar alguno, pero no hay nada perfecto en esta vida (quizá en la otra sí). Incluso estoy llegando a pensar, de acuerdo con mi mujer, que a mi futuro hijo empezaré a educarlo también de la misma forma (aunque algo más abierta), observando los preceptos, rituales y, sobretodo, la moral cristiana, tal y como hicieron conmigo. Con el tiempo, y a medida que vaya adquiriendo madurez, supongo que podré ir revelándole lo que realmente opino, y que él decida. Creo que es un enorme error dejar que un crío se eduque sin ningún tipo de fe religiosa, porque entonces él tomará las suyas propias, que seguramente irán más encaminadas a la diversión y el juego que a otra cosa, como es lógico, teniendo en cuenta la falta de desarrollo emocional y mental de un niño. Puede que sea un poco pronto para hablar de estas cosas, ya que desconozco las nuevas transformaciones que el tiempo producirá en mí, pero de momento es esto lo que opino.

En fin, pues esto es todo lo que tenía que decir (de momento); ya me quedo más tranquilo (espero). En definitiva es lo que vengo diciendo desde hace tiempo: lo importante de las creencias no es si son ciertas o no, sino el daño o beneficio que hacen o pueden llegar a hacer.

Y concluyendo, que cada cual crea en lo que quiera y deje creer a los demás también en lo que les venga en gana, siempre con la barrera del respeto mutuo y la mirada puesta en el bienestar general, que a fin de cuenta también es el propio.

(Escrito hace más de dos años.)

7 comentarios:

Graciela dijo...

Mi Pedro, Carla y Lucy fueron bautizadas, luego les pregunté si deseaban tomar la comunión, decidieron que si.

Hoy Carla quiere apostatar -creo que se expresa así-, cree en Dios pero ninguna iglesia le convence.

Desde muy pequeñas les leía la Biblia Infantil, luego lo hacían ellas, pero la libertad no ha sido un palo para que sean buenas personas.
Se involucran con todo lo social, sin religión de por medio.

Y la madre? terror que fueran fundamentalistas!

Será porque cada ser humano acumula vivencias, tengo amig@s ateos y agnósticos muy buena gente, amig@s de diferentes credos muy buenas gentes.

Abrazos y besos a los dos :)

Anónimo dijo...

Amen...fita

genialsiempre dijo...

Esto es lo que se llama, ser ateo, por la gracia de Dios.

Dani7 dijo...

Aunque siempre he respetado todas clas creencias de todo el mundo, llegué un dia a la conclusión, de que no tengo creencias.
Lo que me sirven son los valores, y si son buenos, eso es lo importante.

mj dijo...

Cada maestrillo tiene su librillo y también se dice que hay tantas religiones como personas en el mundo. Y es que no hay nada como el mirar hacia nuestro propio corazón...
Un abrazo enorme Pedro.

Carmen dijo...

Amigo Pedro, yo creo que esas contradicciones, ese creer a ratos lo hemos experimentados casi todos. Me he sentido muy identificada con tu texto porque en realidad yo también he sido criado bajo una educación semi cristiana, sin obligarme a ir a iglesia, pero sí a despedirme con un "si dios quiere", y por años he creído, por años no, por años casi, por años no sabía que pensar. Y ahora me encuentro casi en esa situación, está claro que no hay Dios, pero me gusta creer que la gente tiene fe en algo, da igual lo que sea, lo importante es que sepamos utilizarlo para nuestro bienestar y no para castigarnos y censurarnos.

Cuando tenga un hijo, no sé realmente cómo voy a educarlo, pero seguro que le voy a hablar de cualquier dios muy de pasada.

Me encanta que pienses estas cosas tan interesante, y que las compartas. Un beso.

tangai dijo...

Lo malo de todo esto es el fanatismo. Da igual de dónde proceda, pero cuánto daño han hecho las religiones ¡por favor!.

Mantanzas, autoinmolaciones, guerras y atrocidades semejantes.

Bien por el dios de la mesa camilla, y las reuniones familiares. Por el dios que activa buenos sentimientos en gentes que de otra manera no encontrarían el motor para hacerlo.

Mal por el dios de la paranoia, por el que obliga a confesar a un ministril tus disfrutes sexuales. ¡Qué narices le importará!
Mal por los engaños, y las promesas mentirosas.
Mal por querer que la gente mire con cara de bobos a las nubes pensando que hay un gran ojo vigilando. Esto merma la inteligencia de cualquiera, no lo podéis negar. El dominio. Cosa golosa, ¿no?