viernes, 23 de julio de 2010

Esclavos

 Tiempo atrás, el esclavo era azotado, humillado y tratado como la peor de las escorias existentes. Transcurrían sus días junto a los perros, su vida valía menos que nada, su única ilusión consistía en sufrir lo menos posible; su mayor anhelo, una muerte apacible. No poseía bienes, el tiempo no le pertenecía, el respeto le era desconocido y el mejor de los dones que podía recibir era un trato apacible. Su condición le era impuesta a la fuerza, por herencia o por la mala suerte de pertenecer al bando perdedor; en nada contribuían sus dotes para las letras, la ciencia, las armas, la política o cualquier otro tipo de saber. La única habilidad que se le exigía era la perfecta sumisión y la disposición inalterable para el duro trabajo. Tal era la vida del esclavo, y nadie se cuestionaba su existencia y utilidad. Eran indiscutiblemente necesarios para el buen desarrollo de cualquier nación, ¿quién si no iba a trabajar en el campo, recoger las cosechas, servir a los señores, arriesgar sus vidas en interminables construcciones descomunales, extraer los minerales necesarios...?

Por entonces no existía duda alguna sobre la posición de cada cual. Mientras el esclavo se arrastraba suplicando por un mendrugo de pan, el señor le pateaba sin contemplaciones y, si tenía a bien, le arrojaba algunas migajas. La vida del esclavo no solía ser demasiado larga, lo cual acortaba su agonía, proporcionándole la muerte prematura el merecido descanso. Era lo que había... y estaba bien.

En la actualidad, el esclavo se levanta temprano, cuando el estridente sonido del despertador le anuncia el comienzo de su jornada. Desde ese preciso momento en el que abandona la realidad de sus remotos e intransferibles sueños, su mente deja de ser libre y pasa a ser propiedad indiscutible del Señor que la haya entrenado para su uso personal. Ya no es azotado ni golpeado brutalmente, ahora se le domestica desde el mismo día de su nacimiento para que su sumisión sea total, pacífica y consentida, como siempre se ha hecho con cualquier animal doméstico: trabajo a cambio de comida, techo y pequeños placeres engañosos.

Pero el hombre ha llegado a ser más inteligente que el animal, así que los medios para lograr este sometimiento incondicionado han tenido que avanzar también en la misma proporción, siendo ahora más sutiles e imperceptibles de lo que nunca han sido; ya no basta el mendrugo de pan. El infernal despertador tan sólo es uno de los muchos aparatos inventados por los poderosos para tener al esclavo en su mano cuando lo desee. Existen otros muchos más sofisticados y eficaces, como la televisión, la radio, los periódicos, las escuelas o las actividades de ocio, con su tremendo poder de sugestión y absorción.

Pero el mayor y más inteligente de todos estos inventos es sin duda alguna el dinero. Pagarle un sueldo al esclavo para luego exigírselo con intereses para que éste pueda ejercer cualquiera de sus “derechos” con “libertad”, es de una genialidad sin precedentes en el mundo. Cierto que también es la única forma que tiene el esclavo de dejar de serlo para convertirse en Señor, o para subir algún peldaño en la jerarquía, ya que también hay esclavos de primera, de segunda y de tercera, pero precisamente ahí radica su originalidad tan excepcional. Porque aun cambiando de condición, siempre continuará siendo esclavo del mismo dinero que lo ha encumbrado; sencillamente perfecto.

El dinero, junto con el adoctrinamiento previo del esclavo para inculcarle el deseo inamovible de convertirse en Señor, son las mejores armas con las que cuentan los señores de la actualidad para seguir disponiendo hasta el infinito de un ejercito de esclavos sumisos, obedientes y disponibles a toda hora, para cualquier fin que ellos tengan a bien, siempre con las miras de aumentar más y más su poder y grandeza.

Y para ello, estos señores conocen a la perfección los entresijos mentales que gobiernan los actos del esclavo: su insaciable sed de poder, el deseo irrefrenable de placer ilimitado, la ira y la envidia que le mueven a cometer las acciones más viles e indignas por igualarse al vecino o por someter a todo el que es diferente. Todo ello es explotado hasta la saciedad con el único objetivo de mantener a las hordas de esclavos subyugadas y resignadas a su condición de esclavitud. Incluso el alargamiento de la vida y su mejor calidad es aprovechado convenientemente para que el esclavo sea más productivo y eficiente, lo cual da que pensar y sospechar.

Porque, ciertamente, el esclavo ha mejorado mucho su calidad de vida a lo largo del tiempo... pero aún queda mucho trabajo por delante hasta acabar del todo con la perniciosa esclavitud... si es que ello es posible. Porque se me ocurre que quizás sea condición indispensable para la existencia humana la presencia de amos y servidores, ya que siempre habrá mucho trabajo por hacer y pocos que quieran hacerlo.

Por todo lo expuesto, lo único que se me ocurre para abandonar de una vez por todas esta miserable condición de esclavitud, es aprender a vivir de forma sencilla, con las menores necesidades posibles, siendo autosuficientes y alejándonos del voraz consumismo que nos sumerge hasta el cuello en el infierno de la podredumbre desde el que se sustenta el puesto de poder del amo. La lucha por la libertad es la única batalla que se me antoja justa y necesaria, y creo que tampoco es tan difícil ganarla, ya que se puede ser más libre estando encerrado en la más sombría prisión del lugar más alejado y olvidado de la Tierra, que viviendo en una suntuosa mansión rodeado de todos los lujos y placeres creados por el hombre. Porque, mientras te dejen pensar libremente, podrás ser libre. Sólo así se podrá derribar la tortuosa barrera de la educación impuesta y del modo de vida establecido por otros, para poder dar rienda suelta al divino libre albedrío, con el que aún no han podido. No sabemos el tiempo que tardarán en hallar el modo de hacerlo.

La Libertad es la única forma de vida digna, por ello, SÉ LIBRE, aunque tengas que comportarte como un esclavo ante los demás (¡qué sabrán ellos!).


11 comentarios:

Steki dijo...

Hola, Pedro.
Muchas gracias por tu recomendación en mi blog. Has sido muy amable.
Qué buena comparación que has hecho entre los esclavos de antes y los de hoy en día. Es muy cierto. Yo trato de poner en práctica cada día mi ser libre. A veces lo logro y a veces no. Pero de eso se trata la vida, creo. De seguir intentándolo.
Te dejo un beso y que tengas un excelente fin de semana!

Lo siento.
Perdona.
Te quiero.
Gracias!

STEKI.

genialsiempre dijo...

Pues este humilde esclavo, que ha luchado toda su vida por una parcelita de libertad, ha leido con orgullo tu texto y lo suscrber, en su totalidad, aunque al hacerlo, no deje de asomar en mi rostro una mueca de perplejidad e incredulidad...pero así de escéptico es uno, ¿que se va a hacer?

Carmen dijo...

La primera parte de tu texto me ha hecho pensar..."por dioh, menos mal que ya no vivimos en esa época, qué horror de vida...", la segunda parte de tu texto me ha hecho pensar..."maldita sea, no sólo soy la misma esclava, sino que no soy consciente"...

No sé si agradecerte o recriminarte que me abras los ojos.

Buen finde.

Dani7 dijo...

No he visto más remedio que aceptar mi condición. Yo sigo siendo un esclavo.

Quizas todavía no he aprendido a no dejarme atrapar por el consumismo.
Siempre he pensado que la esclavitud del trabajo me permite libertad para poder salir a mi antojo, comprar lo que quiera, no tener que arrastrarme delante de ningún personaje potentado de por aqui...
Pero para no estar esclavizado por todo esto, lo estoy del trabajo

Que le voy a hacer... Un saludo amigo Pedro.

tangai dijo...

Bravo. Y las mujeres, más.
Valiente sarta de mentiras que nos inculcaron de pequeñas.

Ojalá pudiera mandar a la porra a la jefecilla, que ya se pone impertinente después de dos años. Pero estoy COMPLETAMENTE segura de que la mandaré a la porra pronto.

Lo ideal sería que pudiera plantar mis propios tomates ( qué placer), pero no descarto mandar todo a tomar viento un día de estos. Antes de hacerme tan viejecita que no pueda ni moverme.
Además quiero poder morirme como me dé la gana.
Por cierto, la última frase me desinfló un poco el orgullo febril que había ido acumulando mientras leía el texto. ¿Tengo que conformarme?

María Dolores dijo...

Me han encantado tus reflexiones y estoy de acuerdo en todo. A mí me esclavizó mi trabajo o tal vez me enamoró, eso no lo sé muy bien. Fuí educada para pensar libremente y eso hago, pienso y hablo con la libertad que permite la educación y la prudencia aunque a veces puede que me pase un poco.

Este tipo de entradas me gustan porque son como regalos de pensamientos y hay poca gente dispuesta a compartir.

Muchas gracias Pedro y un saludo,

Loli.

Antonio Aguilera dijo...

Muy bien explicado Pedro. Los esclavos antes iban encadenados; ahora vamos sueltos porque nos tienen amarrados del cerebro, que es la peor forma de esclavitud, ya que no somos conscientes de ello.

Te mandé un mail como acuse de recibo de las revistas. Mil gracias por ellas.
Te observo con fuerzas renovadas. Enhorabuena.

Recibe un abrazo

Antonio Aguilera dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Graciela dijo...

Me perdí esta entrada :(

No soy esclava del consumismo, antes tal vez un poco, mi vida giró de una manera imprevista.

Vivo al día mi Pedro.

josé dijo...

el dibujo de los esclavos dice tanto, es como la firma de tu texto, amigo Pedro. Tanto tiempo, un abrazo virtual pero muy humano para vos. quiero que me permitas colgar tu pequeños cuento de fútbol en mi blo deportivo Clasico Nuestro, pues una de sus secciones tiene de estas cosas y tu escrito está bueno. No se si sabes mi correo y por las dudas te lo dejo, andromedasband@gmail.com .
Hasta cualquier momento y espero tu respuesta.

Pilar Montory dijo...

Supongo que jamás dejaremos de ser esclavos, Pedro, incluso de nosotros mismos.

Buen texto para reflexionar y replantearse muchas cosas.

Saludos